La revolución que se olvidó de las mujeres

La revolución que se olvidó de las mujeres

“Los motivos para que las mujeres nicaragüenses se organicen y demanden igualdad son muchos. Se trata de un país con un 40,5% de la población en pobreza, mayoritariamente mujeres afrodescendientes y rurales. Con un índice de violencia que asciende a más de 80 mujeres muertas al año en una población de siete millones de habitantes. Además, ocupa el primer lugar de embarazos en niñas y adolescentes en Latinoamérica y es uno de los pocos países del mundo que prohibe el aborto incluso en situaciones de riesgo para la madre”, explica Diana Martínez, feminista con amplia trayectoria en el trabajo con mujeres rurales y en la defensa de sus derechos económicos, quien recuerda que durante 150 años, el aborto fue legal en el país. “Sin embargo, los políticos actuales decidieron prohibirlo sin tener en cuenta la opinión de las mujeres”, se lamenta.

“Frente a este panorama, el movimiento de mujeres denunciamos y demandamos un Estado más proactivo, que influya en la sociedad para que reconozca sus derechos”, recalca Martínez, fundadora y directora de la Fundación Entre Mujeres, una organización emblemática en la lucha de los derechos de las mujeres rurales, que trabaja con unas 2.000, con quienes desarrolla una estrategia integral de empoderamiento que incluye formación en derechos sexuales y reproductivos, la no violencia de género, educación para adultas y derechos económicos.

LÍDERES MACHISTAS “La revolución sandinista consiguió logros para la población nicaragüense, pero uno de los grandes déficit fue que se olvidó de las reivindicaciones de las mujeres; nosotras luchamos con los hombres codo con codo y ahora ellos no contribuyen -más bien todo lo contrario- en nuestra lucha por lograr que los derechos humanos sean también derechos de las mujeres. El proyecto revolucionario pensó que los derechos de las mujeres podían esperar con su machismo impreso. Los líderes revolucionarios creyeron que lo primero era la defensa del proyecto político, sin darse cuenta de que no triunfaría si no tenía en cuenta a las mujeres, como así ha sucedido”, dice con vehemencia Sandra Ramos, destacada defensora de los derechos económicos de las mujeres en Nicaragua y en la región Centroamericana. En 1994 fue una de las fundadoras del Movimiento de Mujeres Trabajadoras y Desempleadas María Elena Cuadra, que actualmente agrupa a más de 30.000 mujeres obreras. Buena parte de ellas son trabajadoras de las maquilas, “que son grandes empresas textiles que se instalan en países como Nicaragua por las exenciones fiscales y la mano de obra barata. Al principio venían cobrando menos de un dólar a la semana. Desde el MEC trabajan en campañas de sensibilización e información con las mujeres de las maquilas, las enseñan sus derechos y realizan con ellas procesos de formación y organización, además de ofrecerles asesoría jurídica.

Entre los derechos que encuentran más obstáculos en Nicaragua están los sexuales y reproductivos. Los embarazos no deseados, el incremento del VIH, la falta de autonomía sobre los cuerpos, la discriminación a las personas LGBT y los altos índices de violencia contra las mujeres, son evidencia de estos obstáculos. “Una violencia mayoritariamente intrafamiliar; son los padres, padrastros, hermanos mayores, sobre todo en zonas rurales, quienes violan a las niñas y las embarazan porque consideran que son de su propiedad”, denuncia Diana Martínez.

VISIBILIZAR Esta deleznable situación en la que viven muchas niñas es lo que ha llevado a algunas organizaciones a hablar abiertamente del tema; como lo hace el Grupo Venancia, que con la campaña De esto sí se habla busca promover una visión de la sexualidad, libre de prejuicios, puesto que en Nicaragua las políticas educativas no incluyen educación sexual. También el Programa Feminista La Corriente impulsa una campaña sobre el amor romántico que cuestiona las prácticas que fomentan relaciones abusivas en nombre del amor.

Las mujeres nicaragüenses no solamente representan un poco más de la mitad de la población del país, sino que con el aporte de su trabajo se han erigido en pilares fundamentales de la economía nacional. Sin embargo, su aporte está invisibilizado como resultado de la socialización patriarcal que les asigna roles socialmente construidos y marcadamente diferenciados a los de los hombres. “Nicaragua es un país eminentemente agrícola, pero el empobrecimiento del campo ha hecho que la población emigre a las ciudades, donde se concentran grandes bolsas de pobreza suburbana”, subraya Diana Martínez.

OBLIGADAS A EMIGRAR Las dos lideresas han participado en un Congreso de Economía Feminista desarrollado en la ciudad catalana de Vic. Más de 250 mujeres de distintos lugares del mundo han reflexionado sobre los derechos de la mujer. “Mientras que en el Estado español las mujeres tienen que estar ojo avizor para no retroceder en los derechos conseguidos, nosotras en Nicaragua sufrimos los impactos de manera distinta. Allí tenemos un deterioro de las condiciones de vida por la alta expulsión migratoria de la gente, por los problemas estructurales de pobreza que están haciendo que las mujeres tengan que emigrar a Costa Rica, México, Estados Unidos y Europa”, añade Sandra Ramos.

En Centroamérica hay cerca de 400.000 trabajadoras de maquilas (de firmas conocidas como empresas golondrinas o empresas de maletín), muchas de ellas organizadas en colectivos como el MEC, donde además de defender su derecho a un salario digno y condiciones de trabajo justas, buscan transformar los privilegios de las grandes empresas en los países de la región. “Las nuevas trabajadoras de maquilas están siendo víctimas de un modelo de producción que ya había sido desmantelado: cerrar los baños, impedir que se levanten de las sillas, no beber agua y todo lo que suponga perder tiempo en el proceso de producción”, reconoce con visible indignación Sandra Ramos, del movimiento a favor de las maquiladoras. Las empresas golondrinas o de maletín están hoy en Nicaragua y mañana en Vietnam o en cualquier país centroamericano. “Van a la búsqueda de mano de obra barata. Es una de las expresiones más concretas del modelo de globalización que recorre el mundo buscando cómo explotar a los seres humanos y promoviendo una cultura de consumo y de no ofrecer los derechos ya establecidos en las leyes internacionales, como en los convenios de la Organización Internacional del Trabajo”, recalca Sandra Ramos

Reconoce que es una situación difícil, “porque mientras no creemos esa red que permita que haya estándares de vida y trabajo digno para las poblaciones empobrecidas, ellos se moverán donde las políticas de los gobiernos les ofrezcan mano de obra más barata”, sentencia. “Las empresas llegan de todos los lados del planeta y las que están intermediando en Nicaragua son con capital taiwanés, coreano, norteamericano, mexicano, japonés y ahora entran algunas compañías brasileñas. Son intermediarios de las grandes transnacionales de la confección, de grandes marcas como GAP, Adidas, Tommy Hilfiger, Zara, Reebok… Estas empresas, como Mango, se abastecen en Asia fundamentalmente y las condiciones de trabajo de sus empleados son deplorables”, denuncian al unísono las dos lideresas.

¿Cómo podemos ayudarles desde el norte en la consecución de sus derechos sociales, laborales, en su empoderamiento? “De muchas formas. Por ejemplo, concienciando a los consumidores de que lo que producen esas grandes empresas de confección está basado en la sobreexplotación de la mano de obra de mujeres y niños. Los consumidores tienen en su mano presionar a las grandes marcas y compañías para mejorar las condiciones de trabajo. Aunque esas multinacionales se lavan las manos y echan la culpa a los intermediarios, ellos tienen la responsabilidad final porque el producto es suyo”, remacha Diana.

Tomado de http://www.noticiasdegipuzkoa.com/

Source: Agosto 2015