“¿Para qué nos sirve el desarrollo científico si no podemos decidir sobre nuestros cuerpos?”

“¿Para qué nos sirve el desarrollo científico si no podemos decidir sobre nuestros cuerpos?”

Sergio y Gisela son una pareja de la Ciudad de Buenos Aires que con ayuda de inseminación artificial logró quedar embarazada. A los pocos meses se descubrió que el bebé tenía malformaciones congénitas importantes e irreversibles. Aunque el caso encuadraba en el artículo 1 del Código Penal que dice que un embarazo puede ser interrumpido si está afectada la vida o la salud de la madre (Gisela no sólo se angtustió sino que volvió a tener ataques de asma, enfermedad de la que no tenía episodios hacia años), no encontraron ninguna institución médica que cumpliera con la ley. Con la ayuda de Socorristas en red, finalmente concretaron un aborto en la semana 23. Hoy piden una ley que reconozca los derechos de una pareja a decidir su futuro, y se preguntan “¿Para qué nos sirve el saber si no es para decidir?”  Éste es su testimonio.

 

COMUNICAR IGUALDAD – Quisiéramos compartir con Uds. la lamentable experiencia que hemos vivido y los motivos por los cuales apoyamos plenamente la despenalización del aborto.

Somos una pareja de Capital Federal, de poco más de 30 años. Hace 3 años comenzamos a buscar nuestro primer embarazo por medios naturales, sin éxito. Por lo que luego de una larga y frustrante espera, decidimos realizar una inseminación artificial, logrando el embarazo en el segundo intento.

Desde el comienzo realizamos todos los estudios y cuidados indicados. Somos ambos completamente sanos (no cigarrillo, no droga, no obesidad, no alcohol….y llevábamos una vida totalmente sana).

Lograr el embarazo nos llenó de una inmensa felicidad. Finalmente, y tras mucho sacrificio, habíamos alcanzado nuestro sueño más grande, que imaginamos casi desde el día en que nos conocimos.

Al principio todo transcurrió perfecto, hasta que la prueba de traslucencia nucal salió mal (principalmente por los valores hormonales).Se nos recomendó realizar una punción para efectuar biopsia de corion, y por otra parte, hicimos también los cariotipos nuestros. La biopsia dio como resultado cromosomas normales para el bebé. Los cariotipos nuestros también fueron normales.

Ese día nos volvió el alma al cuerpo. Pensamos que había sido una falsa alarma, sólo un susto. Y continuamos normalmente disfrutando del bebé, anunciándolo a todos, comprando ropa, juguetes. Soñando como iba a ser nuestra nueva vida. Para muchos en la familia también significaba el primer nieto y sobrino.

Lamentablemente en la semana 19 de gestación realizamos un Scan fetal según indicación médica, y nos llevamos la horrible sorpresa de que el bebé padecía malformaciones congénitas importantes e irreversibles, que afectaban severamente su motricidad, su corazón y su cabeza. Realmente no podíamos creer lo que estábamos escuchando. Ni siquiera los médicos pudieron darnos una explicación confiable sobre lo que pasaba. No sabían qué era, y mucho menos cómo iba a continuar. Sólo atinaron a decirnos que parecía ser algo genético, y probablemente formara parte de un síndrome más complejo, y que (para mayor desgracia) existía una probabilidad de que volviera a ocurrir en futuros embarazos, socavando nuestro sueño de ser padres…. Fue el día más triste de nuestras vidas… Sólo pudimos abrazarnos y llorar desconsoladamente. Y no imaginábamos aun que lo peor estaba por venir.

A pesar del inmenso dolor, estábamos seguros que continuar esto no nos hacía bien. Luego de tan larga lucha para conseguirlo, no era sano emocionalmente ni psíquicamente para mi esposa seguir adelante viviendo esta pesadilla con final incierto. Anímicamente estábamos destruidos, e incluso mi esposa comenzó a somatizar esta angustia con nuevos episodios de asma (enfermedad que había superado hacia 8 años).

No queríamos arruinarnos la vida, ni condenar a nuestro bebito a vivir una vida horrible, pasando todos sus días dentro de un consultorio médico, rodeado de sufrimientos físicos y frustraciones psíquicas por no poder vivir una vida normal. No lo merecía él, ni lo merecíamos nosotros.

Lamentablemente, cuando comenzamos a buscar opciones para interrumpir el embarazo, nos dimos cuenta que sólo contábamos con el férreo apoyo de nuestra familia. Las instituciones se negaban rotundamente a realizarlo dentro de sus instalaciones. Los médicos se lavaban las manos y se desentendían del problema. Los burocráticos comités de bioética necesitaban tiempos inciertos para “analizar el caso”. Los profesionales comerciantes que supuestamente practicaban abortos y que cotizaban sus servicios en miles de pesos, también nos rechazaban por el avanzado tiempo de gestación (ya iban 20 semanas).

En el transcurso de los siguientes 20 días buscamos nosotros y nuestras familias desesperadamente entre médicos conocidos, recomendados, parientes, vecinos… Recorrimos toda la ciudad de Buenos Aires de una punta a la otra, y parte del Gran Buenos Aires también. Nada servía… Y cuando algo parecía que iba a darse, en breve se caía (por distintos motivos) y era volver a empezar de cero otra vez. Tuvimos – sin exagerar – casi 10 alternativas diferentes que nos prometían que “seguro” podían resolver el problema. TODAS fueron cayéndose, una a una…. Parecía una maldición…

Ahí nos dimos cuenta que el alma también puede doler, aunque no tenga terminales nerviosas. Porque la soledad, la angustia y la infinita tristeza que se siente en estos casos, no tiene otra manera de describirse.

Es dolor ante la inminente pérdida de un hijo.

Es impotencia porque nada en el mundo puede remediarlo.

Es agotamiento por la lucha extensa e inútil.

Es frustración por el sueño incumplido.

Y es desesperación por sentirnos solos, naufragando en un océano de desinterés y conveniencia.

Todo eso, era el “dolor en el alma” que sentíamos.

La tensión aumentaba, la panza seguía creciendo, ya sentíamos patear al bebe… Y nuestra búsqueda no progresaba…

Para colmo de males, buscando desesperadamente por internet encontramos una organización que decía ayudar y asesorar en estos casos, con procedimientos “seguros”. Una vez allí nos dimos cuenta que en realidad era una organización religiosa disfrazada de agrupación pro-aborto, que nos engañó para concurrir, y allí sentados torturaron aún más nuestra mente, dándonos cátedra de mística y moral, mientras nosotros una vez más nos ahogábamos en llanto…

Es difícil comprender esa tendencia sádica de una parte de la sociedad, que busca el padecimiento del otro a cualquier precio, escudándose en su fundamentalismo ético o religioso, sin mostrar una pizca de sentido común ni de empatía… Pues no hace falta tener un doctorado en filosofía para entender el sufrimiento de otro. Sólo hace falta ponerse en su piel por un instante, escucharlo, abrazarlo y sentir lo que siente.

Afortunadamente aún existen personas genuinamente solidarias, con gran responsabilidad social y sentido común, dispuestas a ayudar al prójimo sin condiciones. Y luego de mucho buscar, finalmente las encontramos…. El día que recibimos un mail de Socorristas en Red, con la respuesta de Ruth desde Neuquen, sentimos un enorme desahogo. Por primera vez no estábamos solos. Alguien fuera de nosotros y nuestro grupo familiar, se preocupaba por nuestra situación.

Ruth se ocupó como nadie por aliviarnos lo más rápido posible. Nos recomendó lugares, nos contactó con médicos, nos escribía a diario para saber cómo estábamos y si habíamos podido avanzar. Nos separaban miles de kilómetros de distancia, pero la sentíamos más cerca de lo que nadie había estado…

Ruth finalmente nos pudo vincular con un profesional médico que ayudaba en este tipo de casos. Y cuando hablamos con él, rápidamente nos dimos cuenta que antes que médico, se trataba de un gran ser humano.

Teníamos la buena fortuna de haber encontrado a estas personas que nos entendían y acompañaban, y que nos dijeron las 3 frases que fueron el salvavidas para mantener a flote la poca fuerza de voluntad que aún nos quedaba: “Estamos con ustedes”, “Vamos a ayudarlos”, “Esto se va a solucionar”.

Ahora sólo nos faltaba derrotar a la burocracia institucional que seguía poniendo trabas para encontrar un lugar adecuado donde llevarlo a cabo. Para esto debimos dar varias vueltas más, pero al menos ya no estábamos solos. Finalmente el médico que nos ayudaba pudo encontrar el lugar y acordamos fecha para realizar la interrupción del embarazo. Él se preocupó en todo momento por nosotros, nos contuvo telefónicamente, nos dio una charla previa junto a una psicóloga, vino dos veces a nuestro domicilio fuera de horario, nos hizo las recetas necesarias, se la jugó por nosotros, arriesgando incluso su trabajo y su matrícula. Pues lamentablemente estos procedimientos aun hoy día (año 2014) deben hacerse en secreto y a escondidas, como si fuéramos delincuentes…

¿Quieren saber cuánto cobró este médico por trabajar 10 días previos fuera de horario para nosotros, por arriesgar su matrícula sin conocernos, por realizar el aborto cuidando a mi mujer durante 12 horas de trabajo de parto, y por continuar controlándola durante los 15 días posteriores?… NADA. No lo hacía por dinero, solo por convicción. Hasta nos resultaba difícil de creer… En este mundo donde todo y todos parecieran tener un precio, descubrimos que aún existen personas que son fieles a sus principios, y para quienes el ejercicio de la justicia va más allá de cualquier cuestión material.

Finalmente, alcanzando ya las 23 semanas de gestación, el momento llegó, y el aborto pudo realizarse exitosamente. El médico nos confirmó allí mismo que de todas maneras, el embarazo no hubiera llegado a término, pues la placenta estaba también en pésimas condiciones.

Nuestra interrupción no fue algo feliz, pues implicó la perdida de una situación muy deseada. Pero fue para nosotros un acto de justicia, porque entendíamos que no éramos responsables ni merecedores de lo que nos pasaba. Ni nosotros, ni nuestro hijo.

Como saldo nos quedan muchos sinsabores por las idas y vueltas, mucha decepción por ciertas personas y mucho agradecimiento por otras. Y nos quedan miles de preguntas sin respuesta. Y la sensación de que nos falta madurar mucho como país y como sociedad.

Existe mucha preocupación en el Estado por resguardar el “derecho de propiedad” (garantizar que la gente pueda ser dueña de su casa, su auto, su empresa, su canasta básica…) Sin embargo, se han olvidado por completo del principal derecho de propiedad, que es fundamental y origina a todos los demás; que es la propiedad del “sí mismo”, el derecho de cada uno de nosotros a ser dueños de nuestro cuerpo y de nuestro destino. Y no hay derecho que duela tanto en su carencia como éste…

También existe mucho interés por mejorar la salud pública y financiar el desarrollo de la medicina. Un avance científico cargado de hipocresía… ¿Para qué nos sirve el saber si no es para decidir? ¿Cuál es el sentido de desarrollar sofisticadas técnicas de diagnóstico prenatal si no podemos usar el resultado en nuestro propio beneficio?

Es imperioso contar con una ley que reconozca los derechos que una pareja tiene para decidir su futuro, así como el derecho que toda mujer tiene para preservar su integridad física y psicológica.

Ojala pronto podamos conseguirla.

Fuentehttp://www.comunicarigualdad.com.ar/

Source: Julio 2014