Derecho al aborto legal y seguro

Derecho al aborto legal y seguro

Derecho al aborto legal y seguro, un asunto de todas y todos.

La Ley Gallardón de España nos señala que no sólo es cuestión de años o de evolución, sino también de una conciencia ciudadana de que lo ganado en el campo de los derechos humanos no puede ser regresivo sin afectar profundamente el sentido de la vida y, en este caso particular, de la vida de las mujeres.

Muchas veces pensamos que lo que ocurre en Latinoamérica es un resultado de nuestras democracias incipientes. Sin embargo, la Ley Gallardón de España nos señala que no sólo es cuestión de años o de evolución, sino también de una conciencia ciudadana de que lo ganado en el campo de los derechos humanos no puede ser regresivo sin afectar profundamente el sentido de la vida y, en este caso particular, de la vida de las mujeres.

América Latina conoce mucho de esta realidad, con el añadido de que ni siquiera las más elementales conquistas logran ponerse en práctica, y esto hace muchas veces que la regresividad no sólo carezca de resistencias, sino también que las barreras no remontadas se instalen como el status quo de la normalidad, obligando a las mujeres a elegir el camino de la clandestinidad, a pesar de que a muchas de ellas, por leyes de sus propios países, les debería corresponder el acceso garantizado a un aborto legal y seguro.

Nadie puede negar que en nuestra región, en materia de derechos sexuales y reproductivos, hayamos tenido más avances que retrocesos. Hay efectivamente menos muertes maternas, existe una mayor prevalencia de anticonceptivos, hay más legislaciones que castigan la violencia contra la mujer, especialmente la violencia sexual. Sin embargo, esto no evita que nos deje de llamar la atención que nuestros avances sean tan modestos e insuficientes, en contextos en que esto no debería estar ocurriendo, debido a: a) el incremento del estatus económico que la mayoría de los países de nuestra región han logrado en los últimos años; mismo periodo en el que muchos países del resto del mundo se debatían en sus más graves crisis; b) El mejor entendimiento de los derechos humanos, simbolizado por el, prácticamente, destierro de gobiernos militares y c) el avance de otras aspiraciones y demandas de libertad e igualdad como las uniones civiles o matrimonio entre personas del mismo sexo, de más reciente inicio en la agenda de la igualdad y que han cambiado muchísimo de nuestras sociedades, como la Ciudad de México, Argentina, Brasil, Uruguay y a las que es muy probable que se sumen Perú, Colombia y Chile.

Sin embargo, aun escasos y limitados, no podemos ni debemos dejar de visibilizar lo logrado, no sólo porque significan verdaderos cambios simbólicos, sino también porque son el resultado de muchos años de lucha, ofreciéndonos ahora un panorama esperanzador, pero desafiante. Colombia, de su negativa absoluta del aborto en sus leyes, hoy presenta 3 causales permitidas de aborto; la Ciudad de México, primer lugar de la Región Latinoamericana después de Cuba y Puerto Rico, ha avanzado no sólo en la despenalización del aborto hasta las 12 semanas, sino también en la entrega de servicios públicos que hoy le permite mostrar, en sus estadísticas, que son miles las mujeres que vienen siendo beneficiadas y que se ha reducido de forma transcendental el aborto inseguro. Argentina, a través de su sentencia de la Corte Suprema, hoy permite que las mujeres que salen embarazadas víctimas de una violación puedan también tener derecho a un aborto legal, y Uruguay que hace poco rompió en Sudamérica el molde de la despenalización, al declarar la legalidad del aborto voluntario hasta las 12 semanas de embarazo.

Junto con estos avances es imposible ignorar los retrocesos. En primer lugar somos todavía una sociedad profundamente conservadora, que guarda valores que aún no se vinculan con el sentido común, aunque este es un tema que atañe principalmente al desconocimiento de que las mujeres deben verse como sujetos de derecho.

Un segundo problema es sin duda la inequidad. Nuestra región está considerada como la más desigual del mundo, pues la diferencia que puede haber entre nosotros resulta tan abismal que podemos convivir grupos humanos de manera simultánea en distintas décadas: personas cuyas expectativas de vida desde el nacimiento apenas bordea los 65 años, mientras que en otros prácticamente llegamos a los 90; sectores donde la muerte prematura de mujeres (la mayor parte por causas obstétricas) constituye la principal causa de muerte y en otros es prácticamente inexistente.

Un tercer problema, no por ello menos importante, es la acción de activistas opositores a los derechos de las mujeres, incluyendo las iglesias (siendo más visible la Iglesia Católica), pero también los gobiernos negligentes. Esta terrible combinación nos viene llevando a situaciones extremas, por un lado, a tener leyes que no se cumplen y que siguen negando a las mujeres derechos ganados, con altísimo costo que afecta especialmente a las mujeres más pobres o imponiéndoles sanciones inexplicables que lo único que buscan es generar escarnio, no para evitar que las mujeres aborten (pues eso no está en sus preocupaciones, mientras ellas asuman los costos), sino para que el sistema no opere. Esto lo podemos ver en el Salvador, donde 129 mujeres vienen siendo procesadas por aborto, en categoría de asesinato, y cuyas penas corresponden a entre 25 y 30 años.

Es, desde este activismo mal sano, que también se proponen mecanismos que pretenden cerrar las puertas a todo avance legal y de justicia para las mujeres al promover derechos inexistentes del feto como personas, aunque no exista prueba alguna de su beneficio disociado de la mujer; al pretender seguir cosificándolas como portadoras destinadas al martirologio obligado, aunque el feto no tenga posibilidades de sobrevivencia; aspecto que no ocurre en ninguna otra situación en la vida. Por ejemplo, a ningún padre, madre o familiar, se le obliga a donar un órgano (aunque éste no sea vital) para salvar la vida de su hijo o hija, mientras que a una mujer sí se le obliga a llevar un embarazo a cualquier costo, incluso el de su propia vida.

De hecho, América Latina no está en silencio, hay resistencia y es una lucha que, sin duda, vamos a ganar. Sin embargo, tenemos claro que también enfrentamos fuerzas oscuras, nubarrones y amenazas que hacen más dura la pelea y que no podemos soslayar, y es por ello que un retroceso en un país, no sólo es una afectación nacional, es también una corriente que toca a todas las mujeres del mundo; y es por eso que lo que pasa en España no es ajeno a América Latina.

Fuentehttp://revista.conlaa.com/

Source: Febrero 2014