El aborto y la devaluación de la mujer

El aborto y la devaluación de la mujer

El aborto se ha convertido en un dispositivo de los grupos conservadores pro vida para generar condiciones devaluatorias de la mujer cuando su práctica no se ajusta a la exigencia social de ser madre y a las obligaciones que pesan derivadas de su cuerpo. Penalizar el aborto en casos en que el embarazo ha sido producto de una violación, es decir, de un acto de violencia masculina, sirve para atarlas a una condición natural conectada con su cuerpo. En el discurso conservador de los grupos pro vida, la naturaleza del cuerpo femenino obliga a las mujeres no solo a unos roles sociales, sino también

al apego irrestricto a una idea abstracta de la vida derivada de esa condición natural. Por eso, el aborto es considerado como una actitud que violenta la naturaleza de la mujer, como una forma de desnaturalizarse a sí misma y a la vida en general. El cuerpo resulta situado por fuera de las relaciones de poder que acompañan la historia de las relaciones de género.

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En esa misma lógica se encuentra el drama de la homosexualidad: voluntades y deseos sexuales que no caben en cuerpos de hombres o mujeres, cuerpos que se comportan de modo extraño frente a algo tan natural como ser hombre y ser mujer, y atraerse mutuamente; una supuesta falla atenta contra las leyes de la naturaleza y los convierte, casi de modo automático, en personas desviadas, antinaturales, depravadas. Y como las leyes de la naturaleza no vienen de ningún otro lado sino de una voluntad creadora que está en el origen de toda vida, los supuestos desvíos terminan siendo prácticas degradantes que amenazan con corroer los fundamentos de la vida social y moral.

La militancia de los grupos pro vida en contra del aborto deriva de una cierta paranoia propia de un oscurantismo moral. Ellos creen que si se despenaliza el aborto, incluso en casos de violación, la sociedad caerá en una suerte de epidemia abortista, cuya consecuencia será la imposición de una cultura de muerte. La idea del aborto termina siendo denunciada como una forma inaceptable de desprecio a la vida, causada por seres crueles, inhumanos, capaces de interrumpir lo que, desde el momento mismo de la concepción, se considera ya una vida plena. No importa si ese embarazo haya sido el resultado de un acto violento, una forma extrema de ejercicio del poder masculino sobre las mujeres, que las denigra, daña moralmente y las somete emocional y anímicamente. No importa que ese embarazo sea producto de una conducta contraria a lo que postulan esos mismos grupos respecto del amor, el matrimonio y las familias ideales. Hay principios que se defienden por encima de las prácticas, y a pesar de que las prácticas se orienten por motivaciones que los contradigan. Lo que más incomoda de estos grupos, incluidos la Iglesia y los sacerdotes conservadores, es la autoridad para juzgar la decisión de una mujer de abortar, sin indagar en los dramas morales y éticos -asumo yo- que rodearán a tal decisión. No me imagino que abortar sea fácil, ni que se dé al margen de consideraciones morales y éticas sobra la vida; las mujeres que adoptan semejante decisión lo harán –intuyo- con una plenitud absoluta de su responsabilidad personal como mujeres, como eventuales madres, y en consideración de su integridad como personas humanas.

Fuentehttp://www.hoy.com.ec/

Source: Octubre 2013