Aborto: ¿y si el embarazo fuera cosa de hombres?

Aborto: ¿y si el embarazo fuera cosa de hombres?

Cada vez que, como ahora, me enfrento al debate de la regulación legal del mal llamado aborto me hago la misma pregunta: ¿qué pasaría si fuéramos los hombres quienes nos quedáramos embarazados? Seguramente –me digo- nada de lo que pasa sucedería. Ya sé que hoy día eso es un imposible, pero quizá merece la pena pensar en ello para entender de qué estamos hablando.

En los últimos días estamos asistiendo a un rico, interesante e imaginativo debate impulsado mayormente por mujeres para (tratar de) hacer frente a la enésima intentona mediática del ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, de intentar embridar los derechos de la mujer a través de una reforma de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción del embarazo, mal llamada ley del aborto. De salir finalmente adelante su propuesta, la del ministro, ello supondría el fin de la ley de plazos aprobaba por el gobierno Zapatero y una vuelta a la regulación legal de los años ochenta, alejando a nuestro país de la mayoría de las legislaciones de los países democráticos de nuestro entorno que apuestan decididamente por una ley de plazos para legislar sobre esta cuestión.

Este debate, como decía, está impulsado mayormente por mujeres del ámbito de la izquierda social y del movimiento feminista y persigue el loable intento de hacer descarrillar en el plano legal la contrarreforma Gallardón alentando para ello una rebelión del voto femenino dentro del Partido Popular (91 diputadas sobre 185) abogando por algo así como la “solidaridad de género”.

Si el PP y los grupos que les apoyen no alcanzasen el mínimo de 176 votos, la contrarreforma de la ley no saldría, lo que supone a su vez que un mínimo grupo de mujeres del PP se habría desmarcado de la disciplina del partido y se habría negado a apoyar la ley por razones de conciencia, bien absteniéndose o, simplemente, no estando presentes en el hemiciclo del Congreso en el momento de la votación.

Que ocurra esto parece muy improbable ateniéndonos a la dinámica de los partidos políticos en nuestro país, pero, sin duda, es un camino que podría acabar teniendo recorrido político en tanto en cuanto rompe la disyuntiva izquierdas-derechas y pone el foco en otras consideraciones.
De este debate me interesan dos cuestiones, una primera que afecta al plano de lo personal, y la segunda al político. Del primero, del personal, me lleva a preguntarme: ¿Tenemos los hombres derecho a imponer una normativa que, se quiera o no, en última instancia afecta al ámbito de la conciencia de cada persona, hombre o mujer, más allá de cuestiones de índole moral, religioso, etc?

Cualquier hombre que tenga cierta edad habrá podido experimentar y/o conocer como padre, como amigo o como compañero de una mujer embarazada que se ha visto en esta tesitura, que su opinión podía ser más o menos importante en el terreno de la discusión, de las consideraciones previas, pero que la decisión final ha sido siempre de la mujer, tanto para continuar un embarazo, como para poner término al mismo, y, sobre todo, cuando ha existido conflicto entre la opinión de él y ella. Casos hay que, pero en la mayoría de las ocasiones son ellas las que deciden. No parece, por tanto, exagerado pedir que la ley, cualquier ley, recoja lo que ya sucede en la realidad, y que tan rotundamente recoge el famoso eslogan “Nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Para entender esto en su extensión más profunda, cabría darle una vuelta al calcetín. Pensemos por un momento que fuéramos los hombres quienes nos quedáramos embazados. ¿Aceptaríamos que nuestra compañera, madre, amiga… decidieran por nosotros si seguimos o no adelante con el embarazo o exigiríamos ser nosotros quienes tuviésemos la última decisión? Creo que la respuesta no admite aquí dudas. Y, además, parece evidente que como género masculino velaríamos porque la ley, toda ley, nos diera ese margen de decisión. Entonces, ¿por qué lo que defenderíamos para nosotros, estamos dispuestos a negárselo a la mujer? Ya sé que es un imposible, pero como sucede en tantas ocasiones hay que intentar recorrer la mayor parte del camino que nos separa del otro, en este caso la otra, para poder entender algo. No es fácil. A veces, ni es posible, pero ayuda a entender y a centrar el debate.

La segunda cuestión que me suscita interés de este debate afecta a las supuestas consecuencias políticas que esa supuesta rebelión de las mujeres del PP podría tener para ellas dentro de su propio partido. Pues bien, estoy convencido que una decisión de género en este caso (¿es tan difícil pensar que un mínimo de diez diputadas populares optasen por votar en conciencia?) más que causar graves desperfectos en el partido del Gobierno le ocasionaría un gran beneficio en el medio y largo plazo. Sería una manera de visibilizar que en determinadas situaciones la conciencia está por encima de los intereses. Es un tema que, creo, cotiza al alza entre la ciudadanía y que no debería ser desdeñado sin más.

No sé si finalmente Gallardón seguirá adelante con su proyecto, pues han sido muchas las ocasiones en las que parecía que el tema entraba en su recta final; no sé si seguirá utilizando esta cuestión como globo sonda para tapar otras cuestiones con la inexcusable ayuda de la infantería mediática que le aplaude, pero lo que sí parece es que este ministro o cualquier otro que quisiera llevar este tema adelante debería contar con quienes más tienen que perder y/o ganar en este terreno. Y éstas no son otras que las mujeres. Incluidas, claro, las del Partido Popular.

Pepe López
En twitter @plopez58

Fuentehttp://www.lacronicavirtual.com

Source: Septiembre 2013