Abortar con pastillas: confesiones de una acompañante de abortos con fármacos

Abortar con pastillas: confesiones de una acompañante de abortos con fármacos

A pesar de las prohibiciones, la droga recomendada por la OMS para interrumpir embarazos se consigue en el mercado negro ¿Qué sucede en la clandestinidad? ¿Quién ayuda a una mujer que decide abortar? 

Dice que lo más difícil es conseguir las pastillas. Pero que en algunas farmacias las venden sin receta.

“A veces voy sola”, aclara. “O a veces me acompaña algún amigo”. Para Lucía lo importante es que no la reconozcan. Por eso toma algunas precauciones: siempre simula estar embarazada; entra y sale lo más rápido que puede; nunca va dos veces a la misma farmacia.

“Te tenés que fijar que no esté la gente de vigilancia. Por ahí si pasás y ya te han visto saben. Depende también de qué farmacéutico esté. A veces hay mucho entongue por el tema monetario. Siempre te tenés que fijar en qué estado te las venden”. 

Es que en Mendoza la prohibición para conseguir misoprostol, el fármaco más seguro para abortar, es doble. A la restricción de venta bajo receta archivada que dispuso la  Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica en 1998, se suma una ley provincial de 2009 que limita la venta a los hospitales públicos.

Pero las pastillas igual se consiguen.

“El precio depende del tratamiento. Hay un tratamiento con cuatro pastillas, uno con ocho y otro con doce. El que es con doce es más seguro. Se puede hacer de distintas formas. Una es introduciéndola por dentro de la vagina y la otra dejándola debajo de la lengua. Esa en realidad es la que menos se usa”.

Lucía tiene 22 y va a la universidad. Hace un año una amiga quedó embarazada y le pidió ayuda para hacerse un aborto con pastillas. Como ninguna de las dos sabía nada del tema, consiguieron la información en Internet. Semanas más tarde, su amiga se aplicó las dosis de misoprostol recomendadas en un manual que descargaron de un sitio web. Atravesaron dos días difíciles. Pero todo salió bien.

Esa fue su primera vez.

Tiempo después recibió el llamado de una desconocida.

“Era una chica que quería que la ayudara a abortar. Nunca me quiso decir quién le había dado mi teléfono. Yo pensé que había sido mi amiga, pero después le pregunté y ella no había sido. Hablando con la chica me di cuenta de la situación difícil en la que estaba. Era de clase media alta –vivía en un barrio privado- y tenía una realidad familiar y social complicada. Estaba desesperada. Por eso accedí a ayudarla. Leímos juntas la información y conversamos muchísimo. Un mes más tarde se decidió a hacerlo”. 

Después vinieron otros contactos, otras llamadas.

“He acompañado a chicas de veintitrés, de quince, de diecisiete, de veintiuno…dos de ellas tenían una buena posición económica, pero la mayoría estaban en situación de pobreza”.

Nunca cobra por lo que hace. Lucía está convencida de que alrededor del aborto quirúrgico hay un gran negocio. Dice que toda mujer tiene derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Según ella la opción de las pastillas es la más segura y barata, siempre y cuando se tenga acceso a la información necesaria.

“Por lo general he acompañado a mujeres que tienen mucha falta de acceso a información o muchos prejuicios ideológicos. Hay muchos tabúes instaurados socialmente. Sobre todo en los barrios urbano marginales o con pocos recursos.”

Según cuenta, antes de tomar las pastillas hay que asegurarse de ciertas cosas. Si el embarazo tiene más de tres meses el aborto puede ser riesgoso. Además hay que determinar que no sea un embarazo ectópico. Para eso hay que hacer una ecografía. Pero algunas mujeres no quieren ir al médico. Otras no tienen acceso a una obra social.

“En algunos casos no hemos podido hacer la ecografía. Pero es muy poco común que se dé un embarazo ectópico, sobre todo en los embarazos primarios. Eso he leído, porque yo no tengo conocimientos de medicina. Lo que se lo sé por la experiencia”. 

El proceso abortivo dura hasta dos días. Por eso el lugar también es importante. 

“Hay que tratar de conseguir una habitación con una cama y con las cosas higienizadas. A veces me quedo con la personas, pero eso depende de la situación. A veces la mujer se pone la primera dosis y yo me voy y vuelvo cuando le toca la segunda. O la llamo. Una vez me pasó que una chica no tenía espacio en su casa y se fue a lo de una amiga. Pero la amiga vivía con su madre. Entonces yo tenía que ir cuando la madre no estaba. O la llamaba por teléfono para ver cómo iba todo. “¿Está todo bien? ¿Tiene vómito? Bueno, no se preocupen, es normal. Hagan esto, hagan lo otro. Si tiene dolor se puede tomar un paracetamol. Etcétera”. El tratamiento incluye vómitos y diarrea. Eso es habitual.  Básicamente lo que tenés que hacer es estar en contacto y controlar. Lo ideal es tener algún médico de confianza, pero en general ese médico no existe”.

Según explica, la interrupción del embarazo siempre se vive bajo tensión, con muchas dudas y miedos. En muy poco tiempo las mujeres tienen que procesar demasiadas cosas a nivel psicológico, y ninguna está lo suficientemente preparada para afrontar la situación. Pero el mayor problema de todo es la clandestinidad.

“Lo más dramático es la realidad que hay a nivel legal. Las mujeres toman esta decisión en un contexto de ilegalidad absoluta. Están metidas en medio de toda la paranoia que la sociedad inculca: que si te encuentra la policía, que podés ir presa y miles de otras cosas. Por eso lo que yo trato de hacer mientras se desarrolla el proceso es desdramatizar: conversar, escuchar música, ver películas…”.

Ninguna de las mujeres a las que Lucía ha acompañado ha tenido complicaciones. Ni siquiera desmayos. Sólo vómitos y diarrea en los peores casos. Aún así, no duda al afirmar que si surgiera algún problema – como una hemorragia- enfrentaría la situación y llevaría a la mujer a un hospital. Eso la hace pensar en la responsabilidad que está asumiendo. También en las razones que la motivan para hacer este tipo de acompañamientos.

“Creo que el laburo que yo hago es más que necesario. En el fondo pienso que por lo que hay que luchar es porque el aborto de una vez por todas sea legal. Si yo tuviera que seguir toda mi vida haciendo esto a escondidas creo que no lo haría. Por ahí ahora lo hago porque puedo hacerlo, porque tengo acceso y además porque mis horarios me lo permiten. Pero es muy poca la gente que sabe que yo hago acompañamientos. Todavía hay mucha condena y prejuicio social sobre este tema. Pero creo que lo que hago es muy importante. Y que vale la pena”. 

Fuente: http://www.mdzol.com

Source: Septiembre 2011