Maternidad temprana en Nicaragua: escenario de un problema latinoamericano

Los jóvenes nicaragüenses, como muchos otros alrededor del mundo, enfrentan grandes desafíos a la hora de empezar su vida sexual y reproductiva. A los desafíos propios de la adolescencia se suman otros culturales y sociales, como la imposición de ciertos comportamientos sexuales y reproductivos que a menudo nada tienen que ver con la realidad ni con las necesidades de la juventud. Este tipo de presiones

tienden a separar al sexo de la reproducción, y en general reflejan y perpetuan las desigualdades de género existentes. En este sentido, la juventud nicaragüense no es la excepción, sino un exponente: Nicaragua se encuentra entre los países con más altas tasas de embarazo adolescente de toda América Latina. Como ejemplo, Nicaragua revela imágenes fugaces de una realidad compleja que necesita ser cambiada, para que los jóvenes puedan ejercer de manera sana e igualitaria sus derechos sexuales y reproductivos.

 

Una visión del contexto

Las expectativas relacionadas con los roles de género asignados a los hombres y a las mujeres tienen un impacto muy concreto en la prácticas sexuales y reproductivas de los adolescentes. En algunos casos, estas expectativas pueden marcarlos desde edades muy tempranas, trazando un camino que quizás no sea el más adecuado para su desarrollo personal. Un ejemplo concreto es el embarazo adolescente. En sociedades donde se sigue definiendo a la mujer principalmente por su rol de madre, no es extraño que se aliente a las jóvenes a cumplir con dicho rol desde edades relativamente tempranas. Según un estudio del Guttmacher Institute publicado en 2006, la maternidad temprana es la norma en Nicaragua: en 2001, hubo 119 nacimientos por cada mil mujeres de entre 15 y 19 años de edad. Aunque la tasa de fecundidad adolescente ha disminuido en los últimos años (de 119 a 106 nacimientos por mil mujeres entre 15-19 años según la Encuesta Nicaragüense de Salud y Demografía 2006/7), estas cifras siguen siendo preocupantemente elevadas, más próximas del promedio para África que del contexto latinoamericano.

Estos datos son un buen observatorio de las prácticas que rigen la vida sexual de las jóvenes nicaragüenses. Si bien la maternidad temprana es frecuente, por ejemplo, en la mayoría de los casos ésta ocurre cuando las jóvenes están conviviendo con su pareja. La maternidad fuera del contexto de la pareja no está bien vista, ya que se interpreta como el resultado de una conducta sexual más que de una conducta reproductiva y, como tal, es reprochable a la mujer. En cambio, la actividad sexual temprana en hombres no está mal vista sino que, por lo contrario, se considera completamente normal e incluso se alienta. En esta diferencia se plasma la dicotomía que experimenta la realidad sexual y reproductiva de los adolescentes: por un lado, un joven sexualmente activo que explora su sexualidad sin asociarla necesariamente a una función reproductiva; del otro, una joven sexualmente activa, que seguramente es madre de un hijo y vive en pareja, para quien la sexualidad queda casi inevitablemente encasillada en su aspecto reproductivo. Si bien esta lectura es de algún modo esquemática, no deja de ser una realidad probable para muchas jóvenes nicaragüenses y latinoamericanas.

El impacto de la maternidad temprana

¿Por qué la maternidad temprana es un problema? Por varias razones, tanto médicas como sociales y económicas.

En primer lugar, las mujeres jóvenes que dan a luz antes de haberse desarrollado por completo físicamente (es decir, antes de los 17 años de edad) tienen un mayor riesgo de complicaciones que pueden dañar seriamente su salud; asimismo, los niños nacidos de madres de 18 años o menos tienen mayor riesgo de tener una salud precaria y de morir durante la infancia. Todos estos riesgos se agravan en las madres adolescentes que son pobres, que tienen una nutrición inadecuada y un limitado acceso a la atención médica.

En segundo lugar, la maternidad temprana trae consecuencias serias no sólo sobre el desarrollo integral de la joven, sino también sobre el desarrollo social y económico de todo un país. Como se ha demostrado una y otra vez, las mujeres cumplen de hecho un rol fundamental en el bienestar de su familia, de su comunidad y de la sociedad en general. En un foto-documental publicado en 2007 con el título de Mujeres empoderadas: Inspirando el cambio en el mundo emergente, Phil Borges afirma que cuando las mujeres obtienen un ingreso, suelen reinvertir el 90 % en sus familias, mientras que los hombres sólo reinvierten entre un 30 y un 40%.Otras investigaciones tratan la relación que existe entre el nivel de educación formal de las madres y la salud de sus hijos: a mayor educación, más probabilidades de que los hijos sean saludables. Son ejemplos que indican el lugar clave que ocupan las mujeres en el bienestar de la sociedad. Sin embargo, para que las mujeres jóvenes –de Nicaragua como de cualquier otro país latinoamericano—puedan ejercer plenamente ese rol y desempeñar un papel activo en el cambio social y económico, han de tener acceso a una educación formal, a una capacitación laboral y a oportunidades de empleo: condiciones que a menudo se ven frustradas cuando se asumen las responsabilidades de la maternidad durante la adolescencia.

La compleja realidad de la maternidad temprana

Las jóvenes que viven en la pobreza y aquellas que tienen un bajo nivel de escolaridad se ven más afectadas por la problemática de la maternidad temprana. En 2001, la proporción de mujeres nicaragüenses de 20 a 24 años que había tenido un hijo antes de los 15 años fue 11 veces mayor entre las mujeres con tres años o menos de escolaridad que entre sus contrapartes con siete o más años de educación formal. Lo mismo se observa en el caso de las jóvenes pobres: en 2001, las jóvenes de menores recursos económicos tenían más del doble de probabilidades de haber sido madres en la adolescencia que las jóvenes más acaudaladas.

Las relaciones que existen entre un bajo nivel de educación, pobreza y maternidad adolescente son sumamente complejas. La falta de conocimiento sobre cómo prevenir un embarazo y la falta de acceso a servicios de planificación familiar son sin duda realidades esenciales de la maternidad temprana. Sin embargo, la maternidad adolescente también puede ser fruto de una decisión consciente, ya sea en un contexto cultural que la aliente o favorezca, ya sea en respuesta a la falta de perspectivas de progreso educativo y profesional fuera de la maternidad y de la vida en pareja.

Es fundamental reconocer esta complejidad a la hora de desarrollar intervenciones orientadas a disminuir el número de jóvenes que se quedan embarazadas a temprana edad. No basta con reforzar el acceso a información y servicios de planificación familiar: es necesario trabajar también a un nivel más estructural, para cuestionar los valores culturales y las actitudes sociales que alientan de forma más o menos silenciosa la maternidad temprana. Solo así podrá desbloquearse el desarrollo integral de las jóvenes, dándoles la posibilidad de pensarse más allá del rol de madres y facilitando su acceso a una educación formal y a mejores oportunidades laborales.

Proteger la salud sexual y reproductiva de las jóvenes nicaragüenses

En 2001, el 45% de los nacimientos de madres adolescentes en Nicaragua no fueron planeados, de acuerdo con el estudio realizado por el Guttmacher Institute. Este estudio incluye otro dato significativo: cuando se preguntó a las adolescentes sexualmente activas (aquellas que han tenido relaciones sexuales durante los tres últimos meses) si querían tener un hijo en los dos años siguientes, el 86% dijo que no. Estos datos muestran que muchas adolescentes que ya han iniciado su vida sexual no desean convertirse en madres jóvenes. Sin embargo, el deseo de muchas de ellas no se ve cumplido.

A menudo, una diferencia de este tipo se explica a través de factores tales como el bajo conocimiento de métodos anticonceptivos, el acceso limitado a dichos métodos o el desconocimiento de cómo utilizarlos correctamente. En el caso de las adolescentes nicaragüenses, el primero de esos factores no parece ser una razón con suficiente fuerza explicativa. En efecto, el nivel de conocimiento de métodos modernos de anticoncepción (tales como la píldora, el condón, los inyectables, el dispositivo intrauterino) es muy alto, incluso entre las mujeres más desfavorecidas –casi un 88% entre las jóvenes que tienen tres años de educación o menos, y más del 90% entre las jóvenes que viven en el medio rural. Sin embargo, esto no significa que decidan usar un método, que sepan dónde obtenerlo o, incluso, cómo utilizarlo correctamente. De hecho, sólo el 46% de las adolescentes sexualmente activas indicó que estaba usando un método moderno. Estos niveles son aún más bajos entre las adolescentes solteras – sólo un 29%–lo que indica que estas jóvenes están en un alto riesgo de quedarse embarazadas, con las consecuencias sociales y personales consiguientes. Las cifras también son bajas para las adolescentes que viven en pareja y no tienen hijos (28%). Sin embargo, la situación cambia radicalmente a partir del nacimiento del primer hijo: el 62% de las jóvenes en pareja que ya tienen un hijo usan un método moderno de anticoncepción.

Es probable que las mujeres que conviven con su pareja tengan más fácil acceso a servicios de salud reproductiva y que no sean estigmatizadas por buscar servicios de anticoncepción, como sucede con las mujeres solteras. Asimismo, es probable que muchas de las jóvenes en pareja que aún no han tenido un hijo quieran efectivamente quedarse embarazadas. En todo caso, es muy probable que muchas de las razones que existen detrás de la no utilización de métodos anticonceptivos tengan una relación directa con los mismos valores culturales y actitudes sociales que alientan la maternidad temprana y que juzgan a las mujeres solteras que tienen relaciones sexuales.

Por más compleja que sea la situación, y por más tiempo que sea necesario invertir para siquiera ver algunos cambios, es fundamental reforzar ciertas intervenciones que pueden tener un impacto positivo en el corto y el mediano plazo:

1. Implementar la educación sexual integral: tanto las mujeres como los hombres jóvenes necesitan informarse y desarrollar habilidades para practicar el sexo seguro, resistir la presión por tener relaciones sexuales, y en el caso de las jóvenes, evitar un embarazo no planeado. Es importante que la educación este basada en hechos, que brinde información práctica y que esté impartida de manera tal que los jóvenes la sientan como un espacio de diálogo y de aprendizaje real. Para ello, es necesario capacitar a los profesores y dirigir acciones tempranas hacia los jóvenes. Es necesario además pensar maneras alternativas para proporcionar educación sexual a los jóvenes que no asisten a la escuela.

2. Hacer más accesibles los servicios de salud sexual y reproductiva para la juventud: ofrecer servicios amigables, es decir, orientados específicamente a la realidad y a las necesidades sexuales y reproductivas de los jóvenes. Para ello, es esencial sortear los obstáculos que normalmente alejan a los jóvenes de estos servicios: falta de dinero o conocimiento y el temor a ser juzgados. Es importante que se ofrezca asesoría en planificación familiar a un precio accesible (o de forma gratuita cuando sea posible), para que los jóvenes conozcan las opciones anticonceptivas de las que disponen y elijan la más adecuada dependiendo de sus necesidades personales o conyugales.

Estas intervenciones son muy necesarias, pero no son suficientes a la hora de promover un cambio duradero. Para proteger la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las jóvenes hace falta además una transformación cultural: sólo así se podrá acabar con las presiones que encasillan a las mujeres en el rol de madres y que, a través de la sexualidad y la reproducción, establecen y perpetuan las desigualdades de género. En última instancia, no se trata sólo de la libertad de las mujeres, sino del desarrollo social y económico de todo un país. El caso de Nicaragua permite analizar la complejidad del problema, así como la urgencia de encontrar una solución. Por todas estas razones, es fundamental que la salud sexual y reproductiva de la juventud sea una prioridad en las agendas de desarrollo de todos los países latinoamericanos.

La información citada en este artículo proviene de los siguientes informes:
• Guttmacher Institute, Maternidad temprana en Nicaragua: un desafío constante, In Brief, Nueva York: Guttmacher Institute, 2006
• Guttmacher Institute, Proteger la salud sexual y reproductiva de la juventud nicaragüense, In Brief, Nueva York: Guttmacher Institute, 2006
• Guttmacher Institute, Asegurar un mañana mas saludable en Centroamérica. Proteger la salud sexual y reproductiva de la juventud de hoy, Nueva York: Guttmacher Institute, 2008
• Guttmacher Institute, Datos sobre la salud sexual y reproductiva de la juventud nicaragüense, In Brief, Nueva York: Guttmacher Institute, 2008
Es posible acceder a este material a través de la pagina Web del Guttmacher Institute

Fuente: http://workserver.idebate.org/

Source: Octubre 2010