"Que el aborto sea ilegal mata muchas mujeres"

Oculta su identidad por miedo, y no hay para menos, se juega su libertad. Sol se quedó embarazada hace medio año por accidente, e ignorante de su estado, durante los primeros días de embarazo se inoculó una vacuna contra la varicela para prevenirse del contagio de esta enfermedad, que se había extendido en su puesto de trabajo. Cuando los médicos le advirtieron del riesgo que corría la criatura que crecía en

su vientre decidió abortar, infringiendo las leyes bolivianas que condenan esta práctica con un mínimo de 2 años de cárcel.

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Desde que era joven Sol ha tenido muy claro que tener sexo sin usar métodos anticonceptivos conlleva un riesgo para su vida. Y digo “un riesgo” porque ella no veía más que uno: quedarse embarazada, ésa era su fijación. Así que cuando tuvo su primera relación sexual a los 23 años duplicó sus esfuerzos para prevenir ser mamá: usó condón y tomó pastillas anticonceptivas por si acaso algo fallaba. Ese día todo fue bien, pero como si fuera un mal presagio, el miedo al fracaso de los profilácticos encontró confirmación 3 años más tarde: “Tuve sexo con mi novio, y aunque como siempre usamos preservativo,  falló y me quedé embarazada”. Sol y su pareja pasaron a engrosar así ese pequeño grupo de casos en que el condón no resiste los embates del frenesí. La carrera había comenzado, y poco tiempo después, un espermatozoide dio en la diana: Sol había sido fecundada.

La noticia, sin embargo, no se hizo evidente hasta la quinta semana de gestación, cuando Sol tuvo la primera falta de menstruación y decidió hacerse un test de embarazo. “Mi novio y yo estábamos dejando la relación, porque él ya se estaba cansando de mi, así que no buscábamos tener un hijo. Aún así, cuando supe que estaba embarazada pensé que quería tenerlo, aunque fuera sola”, explica.

Las dudas llegaron más tarde, cuando cayó en la cuenta que durante los primeros días de embarazo se había vacunado contra la varicela, una vacuna contraindicada durante el embarazo. “En mi trabajo había una epidemia de varicela, y como yo no la había pasado, decidí vacunarme. ¡Yo todavía no sabía que estaba embarazada!”, aclara.

Preocupados, ella y su novio fueron a consultar a 3 médicos, y dos de ellos les advirtieron del peligro de continuar con el embarazo. “Me dijeron que el bebé podía sufrir malformaciones, y que en otros países se vigilaría el desarrollo del feto durante los 3 primeros meses para comprobar su estado, y se interrumpiría el embarazo en caso que hubiera problemas graves. Pero como aquí el aborto es ilegal, debía decidir en ese momento si quería arriesgarme a que el niño tuviera malformaciones o no, porque si abortaba más adelante sería más complicado y peligroso para mí”.

El otro médico les desaconsejó el aborto en base a un discurso moralista a favor de la vida. Lo que no les aclaró, fue que la probabilidad que el feto se contagie con el virus atenuado de la varicela, que es el que se inocula con la vacuna, era muy bajo, teniendo en cuenta que Sol se vacunó durante los primeros días de embarazo. Sin embargo, el riesgo, aunque mínimo, existía.

Sol estaba hecha un mar de dudas. “Mi novio me decía que teníamos que abortar, pero yo no lo tenía tan claro. ¿Y si el bebé estaba sano?” Además, en Bolivia el aborto está tipificado como un delito, penado con un mínimo de 2 años de cárcel y un máximo de 6. Sólo se permite practicarlo cuando la vida de la madre está en peligro (aborto terapéutico) o cuando el embarazo es fruto de una violación, rapto o incesto. Pero el caso de que el feto esté malformado no está contemplado por la ley, por lo tanto, si Sol abortaba debería hacerlo en la clandestinidad, corriendo el riesgo de ponerse en manos de alguien que le practicara un mal aborto. “Estaba muy asustada, tenía pavor de que me lo hicieran mal, de que me dejaran estéril o que la vida se vengara de mi y no me diera otra oportunidad de ser madre”, explica.

Necesitaba hablar con alguien, aclarar sus ideas y desahogarse. Y no quería hacerlo con su familia porque, según ella, no la comprenderían, “si ellos hubieran sabido lo que pasaba, habrían agarrado a mi novio de los pelos y nos habrían obligado a casarnos!”, asegura. Así que buscó el apoyo de un par de amigas que ya habían experimentado la maternidad. “Las dos eran muy católicas y me dijeron que la vida hay que respetarla, que si ese niño venía al mundo era porque Dios así lo quería”, recuerda. Escéptica, Sol les planteó su miedo: “¿Y si viene mal?”. “Lo das a una institución para personas con discapacidades”, le respondieron. “Eso me pareció mucho más cruel! No podía ser tan irresponsable y jugar con la vida de un bebé. No me parece bien traer al mundo un niño que lo va a pasar mal, ¡me parece muy injusto!”. Los consejos de las amigas surtieron así el efecto contrario, y Sol decidió interrumpir su embarazo.

Con la ayuda de una organización de mujeres, buscó un consultorio médico dispuesto a brindarle una salida, y tras discutir las opciones con el doctor, Sol decidió tomar unas pastillas abortivas que le costaron unos 100 euros. “Nunca he sentido un dolor tan horrible, toda la noche me dolió, creo que fue como un parto porque expulsé coágulos de sangre”.

El médico le aseguró que todo había ido bien y que no le quedaría ninguna secuela física. Sin embargo, la hemorragia y el dolor continuaron una semana más, y asustada, Sol decidió buscar una segunda opinión. “La segunda ginecóloga me hizo una ecografía y me dijo que no había expulsado nada, y que se me estaba infectando la zona. Así que me recomendó hacerme un raspado con urgencia”, lo que significarían unos 225 euros más, una fortuna para muchas mujeres en Bolivia.

Recomendada por la ginecóloga, fue al hospital privado con un claro advertimiento: “la doctora me dijo que no reconociera que me había hecho un aborto. Por seguridad debía decir que lo había perdido por accidente”. La creyeron y la atendieron sin mayor complicación. Por casos como éste en que centenares de mujeres acuden a sus centros de salud con hemorragias o abortos incompletos, la organización boliviana RED ADA (Red Nacional de Trabajadores de la Información y la Comunicación) calcula que cada día abortan clandestinamente unas 115 mujeres en Bolivia, arriesgando su vida en intervenciones no seguras. De hecho, se estima que cada año mueren más de 600 mujeres por complicaciones durante el embarazo, el parto o el post parto, siendo el aborto clandestino una de las principales causas.

“Que el aborto sea ilegal mata a muchas mujeres”, se queja Sol. “Yo fui una privilegiada porque tuve a mi novio a mi lado y pagó todo, pero hay muchas otras mujeres en Bolivia que no pueden soñar con pagar un médico privado ni los medicamentos, y se hacen abortos sin garantías. Si yo hubiera estado en otras circunstancias, me moría o me quedaba estéril”, se queja. Por eso, ella y otras organizaciones de mujeres piden su despenalización y la legalización en Bolivia. Además, denuncian la doble moral que impera en el país: “Te dicen que no puedes quitar la vida a alguien, y cada día otros lo hacen de otras maneras y nadie los juzga. Si maltratas a alguien, atentas contra su vida. Si no le pagas el salario mínimo, también lo haces, porque esas personas necesitan comer cada día y vivir en condiciones dignas”.

Tras la intervención, Sol se quedó físicamente agotada y deprimida por el dolor de la pérdida. “Al principio me la pasaba llorando, andaba como shockeada y estaba todo el día triste. Ahora estoy mejor, pero todavía me afecta mucho. Para mi fue muy duro, me costó mucho decidirme y tenía miedo de no hacer lo correcto”.

Ya ha pasado medio año y Sol todavía se siente abatida por lo sucedido. Sin embargo, espera que el tiempo sane sus heridas y sueña con hacer realidad su deseo de ser madre: “En otro momento más propicio voy a tener un niño”, asegura, “porque si no hubiera pasado lo de la vacuna, yo habría tenido al bebé. No soy una asesina, es mi vida y tengo derecho a decidir si quiero tener un hijo o no”.

Fuente: http://www.elmundo.es/

Source: Octubre 2010